Carta a Malcolm Lowry

Carta publicada en ‘Post data / Post mortem. (Cartas a escritores)’. Vodevil Ediciones, 2016
Compiladores: Gonzalo Trinidad Valtierra y Enrique Iglesias Castillo

—[…] ¿Te acuerdas de Oaxaca?
—…¿Oaxaca?
—… Oaxaca
… La palabra era como un corazón que se quebraba, un repentino
repicar de campanas sofocadas en medio del desierto,
últimas sílabas de algún sediento que agonizaba en el desierto.

Bajo el volcán
Malcolm Lowry

Querido Malcolm:

le escribo con el mayor de los respetos. Quisiera presentarme de una manera sencilla, a partir de algo que los dos tenemos en común: beber mezcal. Y vaya que es usted alguien reconocido en este tema, no sólo por lo que yace en sus historias, poemas y cartas; sino también por los trabajos biográficos que han intentado entender su vida, y que han descubierto el mito de un hombre que escribió poseído por los demonios.

Me encuentro en la cantina La Superior, que se ubica en la calle de Trujano, en pleno centro de la ciudad que usted vivió a través del embrujo del mezcal: Oaxaca. Es temprano y a pesar de eso ya se encuentran varios comensales acodados en la barra. De afuera se cuela el sonido de una orquesta de viento que anuncia alguna de las múltiples calendas que hay a lo largo del año en estas tierras, y que intensifica el misticismo que ya de por sí esta ciudad otorga al acto de beber. Sostengo el cuarto destilado de la jornada: de unos años para acá es la forma en que hago llevaderas las horas, en particular desde que murió mi padre. Ahora sé que con el tiempo me fui acostumbrado al efecto hasta incrementar la dosis de alcohol, y posteriormente ir perdiendo el control cada vez más seguido sin darme cuenta. Lo sé ahora que mi relación con Alejandra se ha ido al carajo, y que mi familia poco a poco se ha alejado de mí.

Me disculpo por lo atrabancado de esta carta, de hecho se trata únicamente de un borrador. Uno más de tantos que he escrito cuando vengo a Oaxaca, y que siempre termino arrancando de la libreta y arrojando a la basura. Algo me hace parar y no enviarla: el recuerdo de mi padre tal vez, o la necesidad de esperar, de atarme al mundo. Ahora he venido al cabo de año de la muerte de Luis Méndez —mi amigo el de Sola de Vega— haciendo una escala en la capital. Lamento su muerte en el alma, y más que nada su ausencia: el buen Luis escuchaba y compartía su conocimiento sin chistar, en torno las mujeres, principalmente; pero también sobre la filosofía de vida que había aprendido en la cárcel de Tehuantepec, y que solía denominar como el arte de ponderar el placer sin convertirse en carne de prisión y sin morir en el intento. Por lo demás era un experto en el cultivo y estudio del agave, y así fue como murió: en el fondo de un barranco que se deslavó mientras se disponía a estudiar las características de su maguey preferido: el Sierra Negra…

Así que en otras ocasiones he escrito un borrador de esta carta sin animarme por fin a enviarla. Me gusta hacerlo aquí, en la belleza que otorga esta cantina a las primeras horas de la mañana; aquí donde la soledad se fusiona con la necesaria introspección que uno necesita para ir soltando las palabras…

Acabo de ordenar el quinto mezcal: conforme el líquido va transitando por mi torrente sanguíneo las palabras van acudiendo también, comienzo a «sentir» con mayor soltura… Un comensal empuja las batientes y un rayo de luz atraviesa el pequeño vaso en el que bebo, evoco al viejo: sus ojos brillantes cuando el mezcal lo tornaba alegre o festivo; o la aureola infernal que lo rodeaba cuando los celos lo poseían, como aquella vez que encañonó a mi madre con un revólver 3.57 mientras en la otra sostenía una botella: había llegado a casa maldiciendo, para de inmediato dirigirse a ella y reprocharle su infidelidad. Yo lo observé aterrorizado desde una esquina de la habitación. Cuando descubrió mi presencia se quedó congelado, después depositó su mirada en el piso y se desvaneció poco a poco hasta quedar con la cabeza entre las piernas, llorando como un pequeño niño. Yo tendría unos diez años pero aún siento esas lágrimas, y el recuerdo de ellas me estremece todavía más que el rostro de pánico de mi madre, más que el singular ruido del arma cayendo al piso…

Entiendo que hasta en la rutina pasan cosas, pero hay actos que incendian, que provocan. Un mecanismo para que algo suceda es beber, y cuando algo sucede, supongo, es cuando vale la pena transmitirlo mediante una correspondencia: se atesoran las cartas que anuncian las buenas o malas noticias, la vida o la muerte, no las que machacan con la rutina… Así, los epistolarios son también simbolismos, eso es lo que el personaje del Cónsul muestra en aquel mítico capítulo en el que encuentra una vieja carta no enviada en un libro de dramas isabelinos donde se encuentra el Fausto de Marlowe: y es que enviarla significaba una especie de condena, como lo es también comenzar a beber mezcal… Y yo siento que cuando llegue el momento de desprenderme de esta carta algo también habrá de suceder dentro de mí. De nuevo sé que usted me entiende perfectamente: lo que acabo de decir es otro simbolismo: como esos que están presentes en las páginas de cada uno de sus cuentos y poemas, y que son como hechizos negros que llevan a los lectores devotos a representarlos en sus vidas; a unirse a algo misterioso que no es posible nombrar pero que existe; a sentirse seguro en el riesgo mismo, haciéndolo su habitación propia, como las personas que habitan las lomas de los cerros y que se niegan a abandonarlas aun cuando la lluvia está a punto de desplomarlas, porque da seguridad que vas a morir en casa, que no morirás en el desamparo del vacío.

Estimado Malcolm: me despido, es hora de ir a Sola de Vega a ver a mi amigo oaxaqueño. Usted también tuvo uno: Juan Fernando Márquez, zapoteco, con quien aprendió el poder único de la amistad: ése que esquiva la tirana flecha del tiempo… Aún no me decido a enviarle la carta, lo decidiré con el avistamiento de los barrancos en la carretera, que son todavía más terribles en la noche; lo decidiré bebiendo más destilado en el camión que me transporte a esa población; lo decidiré bajando en las inmediaciones de la casa de correos del pueblo, cerca del arroyo, por donde se encuentra una vieja cantina donde corre el Tobalá y el Sierra Negra a raudales… Ya lo descubriremos mañana, en la espesura del olvido, cuando tal vez se encuentre en las inmediaciones del arroyo un cuerpo con estas hojas enterradas con un picahielos en el pecho … Y cuando, tal vez, transporten un cadáver por expreso

Amistosamente,
un bebedor de mezcal.

Fotografía: ‘Ixcatlán’, Miguel Juárez Figueroa, 2016

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